“En el azúcar me anda perfecto, ¿me sirve el mismo para el embutido?” Es de las preguntas que más llegan, y la respuesta corta es: no necesariamente. Un detector de metales no se elige por la marca ni por el precio, se elige por el producto que va a inspeccionar. El que trabaja fino con azúcar puede volverse loco con un chorizo. Acá va por qué, y cómo no comprar de más ni quedarse corto.
El producto decide, no la marca
Un detector no “ve” metal: lee cómo cambia un campo cuando algo pasa por el túnel. El problema es que muchos alimentos cambian ese campo por su cuenta, aunque no tengan nada de metal. A eso se le llama efecto producto, y es lo que separa un producto fácil de uno difícil. Antes de hablar de modelos, hay que saber de qué lado está lo que usted produce.
El seco es el fácil
Azúcar, harina, grano, café, sal gruesa, pasta: producto seco, que casi no conduce. La señal del metal se ve limpia sobre un fondo tranquilo, así que hasta un detector estándar, bien dimensionado, encuentra partículas chicas sin problema. Si su planta es de este tipo, la decisión es más sencilla y más barata.
El húmedo y el salado es el difícil
Embutido, queso fresco, carne, pescado, salsas, encurtidos: producto con agua y con sal, que conduce. El propio producto genera una señal que tapa a la del metal, y un detector estándar empieza a dar falsos rechazos o, peor, a dejar pasar partículas para no sonar tanto. Acá es donde se necesita un equipo multifrecuencia, que distingue la señal del producto de la del metal y recupera la sensibilidad. El mismo detector que en azúcar encontraba un milímetro, en salmuera puede no ver tres, si no es el adecuado.
El tamaño del paquete manda en la apertura
Otra cosa que cambia todo: por el túnel tiene que pasar el producto más grande que corra. No es lo mismo un sobre de café que un saco de 50 kilos o una caja de embutido. Y hay una regla que sorprende a muchos: cuanto más grande la apertura, menos fina la sensibilidad en el centro. Por eso se dimensiona al tamaño real, no “por si acaso” más grande.
Los casos especiales: caliente, congelado y empaque metalizado
Tres que conviene decir desde el principio, porque definen el equipo:
- Caliente: producto que entra tibio (pan del horno, embutido recién cocido) cambia la señal; se calibra a la temperatura real de trabajo.
- Congelado: el que empieza a sudar también mueve la lectura.
- Empaque metalizado o con aluminio: una bolsa metalizada es prácticamente invisible para un detector de metales común. Si su producto va en ese tipo de empaque, lo que corresponde no es un detector, son rayos X.
Cómo elegir, en una frase
El producto lo decide: si es seco, un detector estándar bien dimensionado alcanza; si es húmedo o salado, multifrecuencia; si el empaque es metalizado, rayos X. Y la apertura, al tamaño real del paquete, ni más ni menos.
Contanos qué producís, a qué temperatura entra, en qué empaque va y de qué tamaño es el paquete, y te decimos qué detector te sirve de verdad, sin venderte de más. Está todo en detección de metales e inocuidad, con los modelos en el catálogo de detectores y la opción de rayos X para empaque difícil.
